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viernes, 25 de noviembre de 2011

El hombre en el espejo

Esta mañana mientras pensaba en los 26 cuerpos encontrados en tres camionetas en el lugar en donde vivo, mientras me horrorizaba lenta y pesadamente, mientras la desolación, la tristeza, la impotencia, el qué será de mi país, de mi hija que apenas empieza a "disfrutarlo", qué será de todos que vamos hacia un hoyo lleno de petróleo, sonaba  incesante en mi cabeza Man in the mirror de Michael Jackson.Sonaba porque recién escuché la versión remasterizada (que por cierto me encantó, me suena a que está un poco godspell), pero también sonaba porque sé que es lo mínimo que cada quien puede hacer por cambiar su vida, la vida de todos.  Si cambio yo, influyo en mi hija y en lo que me rodea. Espero que sea una cadena de cambios y de esperanza.

jueves, 3 de marzo de 2011

Sándalo añejo

Y es que en donde estoy huele a sándalo
del añejo que se escondía en casa de la bisabuela
ese que se quedaba en cada intersticio
de la cajita de música donde vivía la bailarinita

Nunca entendí cómo podía ella estar siempre
bailando sobre el espejo
cómo era capaz de dar cien vueltas cada vez
que la cuerda volvía a tocar la misma canción

Y es que en donde estoy huele a sándalo
como que soy ella
la bailarinita de casa de la bisabuela.

viernes, 23 de abril de 2010

Cuando sea grande...

Todos los días de regreso a mi casa paso por varias dulcerías, me encanta ver colgando coloridas y variadas piñatas en sus portales, como invitándome a entrar.
Lo curioso es que odio romper piñatas, las veces que de niña participé en alguna fiesta infantil rompiéndolas me sentí absurda golpeando, rodeada de gente gritando vítores y consignas "dale dale dale" o críticas como el mentado "no comió frijoles"; otras veces, la mayoría, me sentí ridícula deambulando con los ojos vendados y siendo objeto de risas de los demás (cuantos cochinos traumas, tendré que tomar terapia).
Nunca me ha gustado romper piñatas pero ellas me gustan. Adoro sus caras felices esperando que les rompan la crisma (también adoro las paradojas), con sus papelitos de colores por vestido y sus panzas rellenas de dulces, con los brazos abiertos invitándome a que se me piquen todas las muelas.
Me fascina esa invitación para entrar en las dulcerías, su olor azucarado, las voces que cuando piden precios se ensordecen por las cajas de cartón, las bolsas de papel celofán y los platos desechables; los paquetes apilados de churritos, los confetis y globos de miles de tamaños y formas para celebrar a voluntad.
Me encantan las dulcerías. Si alguna vez tengo un negocio propio, sí, ya sé, una editorial sería lo adecuado, una librería, sí, bueno, pero... me encantaría tener una dulcería, tal vez también pueda vender ahí libros infantiles.
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